CULTURA POPULAR
El otro día, cenando con Bárbara Alpuente, Chico Santamano y Guillermo Barrejón en el restaurante La Endogamia, dije que no sabía quién era Carmina Ordóñez. La habitual incredulidad, mezclada con una cuasi indignación, que siguió a mis palabras dio lugar a un bonito debate sobre el concepto de “cultura popular”. Yo siempre he entendido por cultura popular algo así como el acervo cultural de una mayoría social y/o los hechos y productos culturales cuyo recuerdo perdura a través de las generaciones. Pero por lo visto, para algunas gentes de este bendito país, la cultura popular es un compendio, revisado constantemente, de las gilipolleces que más veces se dicen en televisión.
Chico llegó a discutirme que la vida y milagros de Carmina Ordóñez eran “más cultura popular” que Watchmen. Le desafié a que apostase cuál de esos dos nombres tenía más entradas en Google. No se atrevió a apostar. (Ni yo me he molestado en mirarlo. No necesito la ayuda de Google para saber que tengo razón en lo fundamental.)
Pero sobre todo les sorprendió mi rechazo a estar al tanto de lo que se cuece en televisión. Bárbara y Chico (Barrejón apenas hablaba, estaba entregado en cuerpo y alma a su milhojas de verduras) participan de esa idea tan extendida según la cual un guionista profesional debe conocer las series que se estrenan en España, su evolución, sus audiencias y sus presupuestos.
Yo no estoy de acuerdo. Reconozco que es útil ver mucha tele si mañana te contratan en una serie que ya va por su tercera o cuarta temporada. A mí alguna vez me han contratado en esas circunstancias y me he tenido que ver 25 capítulos y leerme otros diez en poco menos de una semana. Pero no es para ahorrarse empachos para lo que Bárbara y Chico se esfuerzan en estar al día. Es más bien por una cuestión cultural.
“Hay que saber lo que le gusta a la gente”.
“Sabiendo qué es lo que funciona, podrás hacer que tus trabajos funcionen”.
“Viendo lo que se hace, sabrás qué esperan las cadenas y las productoras de ti”.
Ésos venían a ser sus argumentos. No estoy de acuerdo con ninguno.
1. Para saber lo que le gusta a la gente, basta con salir a cenar con gente distinta, hablar de la vida, contar y escuchar chistes y anécdotas, y tener sentido común. Yo ya sé lo que le gusta a la gente. Lamentablemente, la gente que paga mi trabajo rara vez lo sabe, porque la percepción de la calidad de una historia se nubla con facilidad cuando hay que pagar por los derechos de transformación. Si los ejecutivos de televisión obrasen con arreglo a sus gustos, y no a los criterios cosificadores con los que tratan el trabajo de los guionistas, la televisión sería otra cosa totalmente distinta. Mucho mejor.
2. WTF? Todos los ejecutivos de televisión saben lo que ha funcionado. Y aun así, todos (menos Magín Trémulo, autor intelectual de exitosas series juveniles) aceptan que nadie sabe lo que va a funcionar. Diablos: si fuera tan sencillo saber lo que va a funcionar, nadie fracasaría.
3. Incorrecto. Lo que las productoras esperan de mí es que escriba según el modelo más o menos clásico de la televisión y el cine norteamericanos. Y luego esperan de mí que les permita vulnerar las normas sagradas de ese modelo, básicamente para:
a) Estirar salvajemente la duración de los capítulos.
b) Explicitar verbalmente cualquier emoción que en la televisión y el cine norteamericanos quedarían relegados al subtexto.
c) Mezclar géneros, de manera que la comedia no haga gracia, el suspense no genere inquietud, y el melodrama no haga llorar. (Lo más gracioso es que esto se hace con la intención de hacer llover a gusto de todos.)
d) Explicar de manera anticipada cualquier acontecimiento que el género aconseja mantener inexplicado hasta el final.
e) Intensificar algún pasaje que yo considere debe ser contado de manera ligera, y atenuar algún pasaje que yo considere que deba acentuarse dramáticamente.
No me hace falta ver todo lo que se estrena para saber estas cosas. Es más, me deprime ver que, una y otra vez, se cometen los mismos errores. Y es gracioso, porque tampoco se les puede decir nada a los ejecutivos de televisión: si hiciesen las cosas como Dios manda, seguiría habiendo triunfos y fracasos. Eso sí, algunos puestos de presunta responsabilidad e hinchado salario desaparecerían de una puñetera vez.
Dicho todo esto, me gustaría matizar que no soy un eremita (veo una razonable antidad de ficción española, a condición de que esté en Internet) ni un pureta pedante (tampoco considero indispensable para ser guionista la lectura exhaustiva de los clásicos grecolatinos e isabelinos). Es, sencillamente, que considero que el talento y la ingenuidad son el 80% de los valores personales de un guionista. Y sólo un 20% de su valía profesional depende de la cultura. Y la cultura se adquiere ad hoc.
Personalmente, los productos culturales que yo considero influencias determinantes en mi trayectoria profesional forman un batiburrillo difícil de explicar. Hay series, desde luego. Incluso españolas. Pero también comics, discos, libros de todo tipo, cortometrajes, cuadros, discursos políticos, edificios, chistes, leyes científicas, anécdotas personales, y sobre todo, muchas muchas cenas con amigos.
¿Qué productos culturales consideran ustedes imprescindibles para ser un guionista como Dios manda?



Satie dijo
Sin duda alguna, la hoja parroquial de cualquier iglesia. Impagable.
26 Marzo 2009 | 08:35 PM