BESOS ROBADOS
Por fin lo han encontrado. Si es que cuando se ponen, son la leche. La Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España ha encontrado por fin la razón de que la gala de los Goya tienda a ser tan larga. Y este año, le van a poner solución. Sólo necesitan la colaboración de los nominados, y para eso, han enviado una carta a todos ellos explicándoles las tres directrices para arreglar el problema.
Por un lado, como todos sabemos, los agradecimientos de los ganadores son demasiado largos. Como los agradecimientos son algo totalmente secundario en una entrega de premios, la Academia dice en su carta que este año, otra vez, van a quedar limitados a 30 segundos. En caso de superar ese tiempo, advierten, tal vez el realizador les tenga que "ayudar" a sintetizar. Las comillas no son mías.
Hace dos años ya hice el cálculo: 30 segundos x 28 premios = 14 minutos. Eso es lo que les queda a los ganadores para dar sus agradecimientos y sus muestras de apoyo a Palestina. El resto del tiempo está reservado a los monólogos de Carmen Machi y los sketches de Muchachada Nuí, que es de lo que van los Goya, a ver si nos enteramos. Tanto premio y tanta leche, joder...
El segundo consejo de la Academia es que los ganadores que vayan a subir en grupo designen un portavoz. Así se evitará que los ganadores de Sonido y Efectos Visuales, que suelen superar en número a la población de algunos países, roben tiempo a elementos mucho más importantes de la gala, como el discurso de la Presidenta. Esos malditos orgullosos deberían dejarse de dar gracias a sus madres y compañeros y retirarse del escenario lo antes posible, para que la Presidenta pueda explicarnos, un año más, qué es el cine, qué bien va el cine español y por qué deberíamos ir a ver mucho más cine español.
Pero el consejo definitivo, la solución que va a acabar de una vez por todas con la lacra de la duración de los Goya es, y voy a usar el mismo verbo que usan en la carta: que los premiados SE AHORREN los besos al presentador.
¡Eso era, joder! ¡Veintitrés años dándole vueltas al problema de la duración y eran los puñeteros besos! En fin, más vale tarde que nunca.
Lástima que la Junta Directiva no haya caído en una solución muchísimo más efectiva, y que acabaría no sólo con los problemas de tiempo, sino que eliminaría de un plumazo todos los roces con el equipo de dirección (encabezado por Manel Iglesias), con Televisión Española, con los críticos cinematográficos y con el público en general: MANDAR LA GALA A TOMAR POR SACO. Ni alfombra roja, ni verde, ni pollas en vinagre. Que se queden en casa todos esos putos pesados, joder. Leemos los premios y que se los lleve un mensajero.
Otra opción sería que Manel Iglesias tuviese un poco de prudencia y perspectiva. No sé, si yo fuera el realizador de "El Partido del Siglo", no se me ocurriría decirle a gente como Maribel Verdú, Emiliano Otegui, Javier Cámara o Álex de la Iglesia si pueden o no pueden besar al presentador, y cuánto tiempo deben permanecer en el escenario. Más bien procuraría callarme la boca y aprender un poco de ellos. O seguir dedicándome a hacer reportajes de mierda sobre fútbol.
Y de remate, una reflexión de David Mamet sobre los Oscars, extraída de "Una Profesión de Putas":
"¿Cuál es el significado de los Oscar? Tras cierta reflexión, diría que es éste: son una celebración del poder de la voluntad popular.
Los Oscar ponen de manifiesto la voluntad popular de controlar y juzgar a quienes han sido elegidos para alzarse por encima del pueblo (de manera muy parecida, quizá, a como esto mismo se celebraba en el pasado por medio de las elecciones).
El electorado del cineasta es el país entero. Todos vamos al cine, y cuando pagamos la entrada estamos haciendo un sacrificio, un gesto simbólico, pero muy real. Y repetimos de nuevo este gesto cuando aceptamos que los Grandes del cine disfruten de sus prerrogativas. Cuando leemos sobre sus amores, sus ingresos, sus flaquezas, sus crímenes, nos encogemos de hombros y sonreímos, y, al hacerlo así, cometemos un acto de sumisión: cedemos a otros la capacidad de transgredir las normas que hemos fijado para nosotros mismos.
En la ceremonia de los Oscar, nosotros, el pueblo, obligamos a quienes hemos permitido acceder a una clase privilegiada a que se alcen individualmente para escuchar el veredicto y por una noche los despojamos de sus privilegios. Y, como en cualquier tribunal, el veredicto en sí no es tan importante para la comunidad como el poder de convocar. Al igual que en un tribunal, los acusados (los nominados para un Oscar) se ven sometidos a un estado de ansiedad, espera nerviosa y temor, y deben acatar la sentencia que se pronuncie sobre ellos.
Entre el público de la sala, los Grandes, atraídos por la oferta de un laurel definitivo, sufren el miedo a lo
desconocido y se ven reducidos a formular encantamientos mágicos, tales como: «El solo hecho de ser nominado ya es un honor»; «Sabía que no podía ganar»; «Oh, ¿por qué he tenido que preparar un discurso? Sé que eso va a traerme mala suerte»; etcétera.
Nosotros, el público estadounidense congregado como tribu, vemos las caras de estos nominados mascullantes. Y vemos que, en último término, sólo son unos simples mortales que deben soportar sus pérdidas con estoicismo y demostrar donaire en la victoria, lo mismo que nosotros. Obligamos a los Grandes —como obligaron a César— a solicitar la Corona, y vemos que, por Júpiter, efectivamente la solicitan. ¿Qué os parece eso?
Los Oscar son una especie de Purim. Desde nuestras casas —no menos que los curiosos que se aglomeran tras las barreras de la poli-cía— asistimos con la intención de burlarnos del rabino: «Dios mío, ¿has visto qué vestido se ha puesto...?», «He oído decir que ése es gay...», «Fíjate qué nervioso está...», «Su película ha sido un chasco, y un fracaso total de taquilla...», «¿Por qué está tan nerviosa? ¿Es que no se da cuenta de que no puede ganar?»
Nos unimos como comunidad en la más satisfactoria y unificadora de las actividades sociales, el chismorreo, cuyo propósito consiste en definir las normas sociales. Y, del mismo modo en que antaño hubiéramos podido reunimos en torno del barril de las galletas, ahora nos reunimos ante el televisor para charlar sobre esa gente que vive por encima de nosotros. Los Oscar, creo yo, son un ritual bastante hermoso. Celebran tanto el secreto (la devoción a la tradición) como la sorpresa (el saludable temor de Dios).
(...)
Cuando uno es nominado para el Oscar pero no lo recibe se dice lo siguiente: «El solo hecho de ser nominado ya es un gran honor.» Y desde luego lo es, pues quiere decir que uno ha sido juzgado poderoso y, como tal, elegido para hacer un voto al pueblo.
Cuando se revela el nombre del ganador se espera de él que se revele a sí mismo; que el gran honor que se le hace lo reduzca a la humildad o la confusión. Y, tras descender del estrado, se espera del ganador que dé muestras de un aturdido abandono o una discernible ambición. Cualquiera de las dos cosas sirve. Del mismo modo en que, de entre los cuatro o cinco nominados, cualquiera sirve.
Y cualquier ganador sirve. Vitorearemos a Nuestro Bando si vence y maldeciremos si pierde, ambas cosas son igualmente gratas. Y también es grato lo siguiente: los Oscar son un veredicto definitivo. Tienen un final, y —de manera comparable a la Cuaresma— marcan el fin de un período que a partir de ahora vuelve a comenzar de nuevo. Qué ceremonia más hermosa, y cuán halagador resulta que la sociedad haya elegido el Arte Cinematográfico para que le sirva de marco."







Angela en Hotel Kafka dijo
Muy buena tu reflexión iracunda, amigo. Eso si, lo de Mamet me ha resultado bastante palizoso. Yo creo que los Goya son una celebración mucho más cachonda: "No he visto esa peli, pero voy a darlo todo por ella en la porra." Saludos.
20 Enero 2009 | 11:36 PM