TE JURO QUE ES VERDAD: LO VI POR LA TELE
Poco después de estrenarse 7.35 de la mañana, un espectador sin conocimientos técnicos sobre el mundo audiovisual expresó a Nacho Vigalondo su curiosidad por este momento del corto:

Ni que decir tiene que el espectador se quedó con la idea de que Vigalondo no quería revelar sus trucos. Pocos días después, Vigalondo le contaba la anécdota al director Eugenio Mira, cuya respuesta fue el colmo de la lucidez:

Efectivamente, el espectador medio, con una sensatez ejemplar, no quiere comprender la magia. No quiere saber cómo se hace el truco. De hecho, prefiere no percibir el hecho mismo de que hay un truco.
Lo malo de esto es que cada vez quedan menos espectadores medios, y cada vez abundan más otros dos especímenes, a cual más siniestro. El primero es la gente que vive convencida de que todo es un truco. Son lo que llamamos cinéfilos, la variante cinematográfica del pedante toda la vida: un estúpido adulterado por el estudio, que decía Unamuno. Son esos tipos que examinan detenidamente la contraportada de los DVDs en busca de ese cáncer que son los extras. Son los responsables de la insólita popularidad del género audiovisual más aburrido de la historia: el making of. Son tipos convencidos de que los artistas pertenecen a una especie de secta esotérica cuyos miembros prefieren morir a revelar sus Terribles Secretos.
El otro lado oscuro son los estúpidos puros: la gente que vive convencida de que lo que ve por televisión es real. Vamos, que no hay ningún truco. Un buen ejemplo serían los políticos que reaccionaron con indignación ante el escándalo de la niña de la mantequilla en Sorpresa, Sorpresa. Aquello fue el truco de magia más hábil posible: no se trata ya de evitar que veas ciertas cosas, sino de convencerte de que has visto algo que no ha ocurrido.
Y es que de eso se trata: de adivinar qué es lo que quiere ver el espectador. Una vez que se sabe eso, ni siquiera hay que dárselo. Sólo se necesita convencerle de que lo tienes. Por eso tanta gente cree que los actores realmente lo hacen por debajo de las sábanas. Por eso es tan fácil convencer a la gente de que el presentador del telediario tiene un whisky escondido tras la mesa.
Ése es el gran secreto, el Único Secreto: la gente prefiere creer a, simplemente, saber. ¿De qué, si no, seguirían existiendo las religiones? Todo el mundo sabe que Dios no existe. Pero preferirían que existiese. Por eso deciden creerlo. Todo el mundo sabe que hay media docena de razones que hacen imposible que ocurriese lo de la niña de la mantequilla. Pero habría sido tan fantástico que ocurriese, que prefieren creerlo... Y llamar aguafiestas a quien explica por qué no pudo ser.
Por eso los periodistas tienen ese aforismo brutal: no dejes que la realidad te estropee una buena historia. O, resumiendo y en inglés, print the legend.
Toda esta parrafada viene a cuento de que ayer El Teleoperador imprimió una leyenda que está a la altura del mejor Andy Kaufman. Fíjense qué sinopsis: dos bloggers pretenden asistir al funeral de Pinochet para hacer fotos y burlarse de los asistentes en sus blogs... Pero llegan tarde. Se sienten tan frustrados, que deciden quedarse a otra misa, recibir la comunión... Y robar la Sagrada Forma para hacerle fotos y burlarse en sus blogs, diciendo cosas como “Mensaje a Dios: Tenemos a tu hijo. Se encuentra bien salvo por la herida del costado y los agujeros en las manos, pero ya estaba así. Si quieres volver a verlo con vida tendrás que expulsar a Pinochet del Paraíso.”
La propuesta es tan atractiva que nadie –y cuando digo nadie quiero decir NADIE- la pone en duda. ¿Quién se va a resistir a esa mezcla de humor y blasfemia? ¿Quién va a cambiar la jugosa fe por el insípido raciocinio? Los ateos se sentirán inmediatamente identificados, y los creyentes ofendidos. Si quieren comprobarlo, visiten el blog de este genio, y diviértanse viendo cómo unos y otros se dan alegremente de bofetadas sin pararse a pensar que la única prueba del delito es una imagen que les valdría un suspenso seguro en un curso de Photoshop para ciegos.

El Teleoperador ha dado una lección impagable para cualquier storyteller: no importa si es bonito o no. No importa si es inmoral. Y, definitivamente, a nadie le importa si es verdad. Lo único que cuenta es hacer la vida más intensa y divertida, aunque sólo sea por un rato.
The producers wish to thank:
VISUALGIA, por la edición del vídeo.




Zoográfico dijo
Vaya por Dios, hoy te han inspirado (tocado los cojones) pero bien a la hora de escribir este post. Es verdad que el cine y la tele son espectáculo y que la realidad es algo aburrido de lo que el espectador medio intenta huir, por eso existen los cinéfilos, los estúpidos y, sin paños calientes, las audiencias. El guionista que cree que la verosimilitud se necesita y se consigue a base de plasmar la realidad o aspectos de ella debería de recordar lo que Hitchcock dijo en un momento de lucidez: el melodrama es la vida, pero sin la parte aburrida. Un saludo!
12 Enero 2007 | 05:26 PM