ROCK'N'ROLL Y CULEBRONES
Master-Plató Karaoke, Plaza de Mostenses s/n, Madrid.
Miércoles 4 enero, 3:45 a.m.
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Desde hace unas semanas, la habitual reunión semanal con los colegas ha ampliado su clásico epígrafe Pizza y cerveza con un nuevo concepto: hacer el ridículo en público, y pagando. En una palabra: karaoke.
Javi Reguilón -guionista de telecomedia-, Carlos Ginestá -realizador todoterreno-, y un servidor -en estos momentos, guionista de telenovelas- llevamos cuatro horas y media en este inenarrable lugar, ofendiendo la memoria de Elvis Aaron Presley, Francis Albert Sinatra y muchos otros genios, con o sin middle name.
Una verdadera válvula de escape para mi trabajo, donde escribo páginas llenas de diálogos crispados, ceños fruncidos y revelaciones terribles.
Sólo quedan dos grupos en el karaoke. Nosotros, y una especie de remedo de Friends: tres chicos y tres chicas donde parecen estar todos los roles que representaba la serie.
No les conocemos de nada, pero les dedicamos canciones, y ellos a nosotros. Nos desafiamos entre canción y canción. Hay buen rollo. Pero de pronto, cerca de las 4 de la mañana, algo se tuerce. No tiene nada que ver con la llegada de un grupo de chicas y chicos latinoamericanos, que parecían recién salidos de un videoclip de 50Cent. No tiene que ver con que Carlos Ginestá se arranque a cantar Resistiré del Dúo Dinámico (hay documento gráfico que lo demuestra).
Es algo totalmente inesperado.
Le toca cantar a la que se parece a Monica Geller: una chica muy mona, muy modosita ella, con su pelito lacio y su sonrisa amable. Se sube al escenario, y le susurra algo al DJ, que asiente con la cabeza. El DJ pone la canción en espera, y le abre el micro. La chica dice, toda sonrisas:
- Quiero aprovechar que tengo el micrófono para referirme a una persona. Esa persona es Andrea.
Las caras se vuelven hacia Andrea. La calienta del grupo, la que no ha parado de bailar con todos en plan sobeteo.
- Andrea, yo creía que te conocía. Pero no. Ahora te conozco de verdad. Ya sé de qué te conozco. ¿Cómo puedes ser tan falsa, Andrea?
Se acabaron las sonrisas en la dulce Monica. Ahora es el público y el personal del bar el que sonríe, inquieto. Claro, esto debe ser una especie de performance antes de cantar alguna canción de mal rollo, sabe Dios, Olvídame y pega la vuelta, de Pimpinela. Monica continúa:
- Sí, no me mires así, Andrea. Tú cuidaste de mi madre en su lecho de muerte, y por tu culpa me metieron en un juicio que no debía haber ocurrido. Y ahora estás aquí, de risas conmigo. Hace falta ser falsa, Andrea.
Bien, de acuerdo. Esto no es una performance. Si las performances fueran tan reales, no habría crisis en el teatro. Aquí está pasando algo. Vuelvo a mirar hacia Andrea. Se ha puesto el abrigo y sale apresuradamente, apretando las mandíbulas, conteniendo las lágrimas.
Monica le devuelve el micro al DJ con una sonrisa de colegiala ejemplar. El DJ no sabe dónde meterse. En la pantalla del karaoke se ve el título de la canción que había pedido Monica: A quién le importa, de Alaska.
Poco a poco, los componentes del grupo van abandonando la sala, de uno en uno, en silencio. Monica está fresca como una rosa. Ni Franco tenía esa sangre fría cuando firmaba las sentencias de muerte tomándose un chocolate.
Me vuelvo hacia Reguilón:
- Y luego dicen que las telenovelas son exageradas.




El Teleoperador dijo
Y como yo soy Mónica, sé que ella aún está saboreando ese momento sublime.
Y, WTF!, iré a conocer ese local.
9 Enero 2006 | 02:55 PM