La Coctelera

Tribulaciones de un guionista

3 Diciembre 2005

DE PUÑETERA CASUALIDAD

El otro día, en un descanso del trabajo, discutí con una compañera sobre el azar. Sobre la legitimidad del uso del azar en la narrativa dramática. Ya saben: esas casualidades sin las cuales no habría película.

El arranque de la discusión fueron los tres encuentros casuales que se producen en las calles de Londres en la magistral, inconmensurable Match Point. Encuentros que, al menos un par de ellos, son determinantes en la trama. Encuentros que yo defendía, y defiendo, como perfectamente plausibles, y a los que, como guionista, no pongo la menor pega.

El argumento en contra no era moco de pavo: “claro, como Londres es una ciudad tan pequeña, la gente se encuentra así como así”. Mi compañera se quejaba, en fin, de que el cine actual es una apología de la casualidad: relaciones nacidas del azar, terribles desgracias generadas por una puñetera coincidencia, soluciones caídas del cielo como que no quiere la cosa...

Es posible que así sea. Y supongo que habría una razón para ello. Quizá el crecimiento enloquecido de las ciudades occidentales; la inoculación interesada de una falsa sensación de inseguridad; y el deterioro imparable de nuestros derechos civiles, nos hayan llevado a soñar con azares maravillosos. O terribles, pero plenos de sentido: como los actos de una indefinible divinidad. Algo que nos permita sacudirnos la penosa sensación de ser una hormiga más en mitad de la marabunta, sin el lastre intelectual de tener que aceptar que existe un Dios.

Pero independientemente de las corrientes actuales, mi opinión es que el azar tiene una importante función en el drama, y no tiene por qué ser un recurso narrativo barato.

Un ejemplo de azar “del bueno” sería North by Northwest (Con la muerte en los talones): Roger O. Thornhill está tomando una copa en un hotel. Mientras un mozo pregunta en voz alta por un tal George Kaplan, Thornhill levanta la mano para pedir que le atiendan. En el preciso instante en que preguntan por Kaplan, Thornhill levanta la mano. Una casualidad, sin duda, que hace que unos espías le confundan con Kaplan, y que su vida esté a punto de irse por el retrete. No conozco a nadie que haya puesto pegas a esta coincidencia.

Del azar chungo hay mil ejemplos: la pistola que se encasquilla cuando más conviene; los enemigos que, en lugar de zurrar al protagonista a la vez, atacan de uno en uno y ordenadamente; y el súper-clásico: ese amigo –negro, a ser posible- que aparece inesperadamente para disparar al malo-malísimo en el preciso instante en que éste iba a matar al protagonista.

Cuentan que, en el estreno de Stagecoach (La Diligencia), John Ford fue interrogado por la escena en que cientos de indios persiguen a galope tendido una diligencia, intentando obsesivamente acertar con sus flechas a los pasajeros del coche.

PERIODISTA.- ¿Por qué no disparan sencillamente a los caballos, detienen la diligencia y masacran a los pasajeros?

FORD.- Porque se acabaría la película.

Esa presuntuosa respuesta contiene la solución para muchas de las crisis de ética profesional relacionadas con el uso del azar. Mi postura al respecto es muy sencilla: el azar siempre es legítimo cuando sirve para crear conflicto. Lo que resulta inaceptable para el espectador es que sirva para resolverlo.

En definitiva, la discusión no era en torno al azar, sino a la verosimilitud. O, dicho de otro modo, lo que se discutíamos era la probabilidad de que algo ocurra. Y, en ese sentido, yo soy radical: no podemos permitir que una estadística estropee una buena historia.
Porque las historias tratan siempre de acontecimientos extraordinarios. Un paseo por Madrid en el que no te encuentras a nadie, no tiene ningún valor dramático. Pero si te encuentras a tu pareja entrando a un restaurante con un desconocido, la cosa empieza a mejorar. Y si, oh casualidad, ese día te había dicho que comería en casa de su madre... Esto empieza a parecerse a una historia, algo que hace que el espectador sienta que ha invertido bien sus 6€.

Y es que, seamos serios, el espectador quiere que los personajes se encuentren y diriman sus conflictos. La vía para llegar a ese enfrentamiento conflicto difícilmente será cuestionada. Porque, y aquí va una ecuación que raramente falla, la verosimilitud demandada es inversamente proporcional al espectáculo suministrado.

Piensen, si no, en las probabilidades que hay de que intenten matarte con una avioneta de fumigación, en lugar de pegarte un tiro como se ha hecho toda la vida. De hecho, es ahora cuando pueden pensar en ello, porque seguro que fueron incapaces de pensar en nada la primera vez que vieron a Cary Grant rebozarse por el polvo intentando salvar la vida, en esa catedral del cine que es North by Northwest.

Y en lo tocante a encuentros casuales, recordemos cómo se lo montaba Shakespeare. Por ejemplo, en El Rey Lear.

P.S. Y ya puestos, ahí va una cita que, después de tanto tiempo, sigue siendo válida para explicar cómo se gana la vida un guionista:

EDGAR

When we our betters see bearing our woes

We scarcely think our miseries our foes.


(Cuando vemos a hombres de superior jerarquía compartir nuestros males e infortunios, casi damos al olvido los propios).



servido por pianistaenunburdel 7 comentarios compártelo

7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

scape95

scape95 dijo

Pues has dado con la clave en esta frase: "El azar siempre es legítimo cuando sirve para crear conflicto. Lo que resulta inaceptable para el espectador es que sirva para resolverlo".

Totalmente cierto: los espectadores podemos aceptar algunos azares para montar la trama, pero si el final es inverosímil... salimos del cine con la sensación de que el guionista no supo acabar la historia.

Salu2!!

3 Diciembre 2005 | 01:25 PM

el inevitable anónimo

el inevitable anónimo dijo

Debo darte la razón en todo, y darle la enhorabuena a Scape95 por acertar en el subrayado.
En la vida, igualmente, el azat gobierna los fenómenos, los actos, los hechos, y sin embargo nunca los soluciona.

3 Diciembre 2005 | 09:57 PM

Nomzamo

Nomzamo dijo

Estoy totalmente de acuerdo. El azar, cuando no es una licencia del guionista para salir del paso, tiene incluso un potencial dramático con ciertos tintes existencialistas.

4 Diciembre 2005 | 12:37 PM

Vigalounge

Vigalounge dijo

El azar es verosímil en proporción inversa al número de minutos transcurridos de película.

Así, una casualidad a los siete minutos sobre cien de película es puede ser motivo de gozo, pero a los noventa y siete ya la cosa...

5 Diciembre 2005 | 03:32 PM

Perico el de los Palotes

Perico el de los Palotes dijo

Ya sé que Ford no necesita que le saquen las castañas del fuego, pero te diré que probablemente los indios, apreciaban a los caballos como parte del botín. Un indio no mataría a seis caballos para parar a una diligencia. El asalto pierde rentabilidad y además estos tipos creían en el alma del caballo...

11 Diciembre 2005 | 07:25 PM

Tony Montana

Tony Montana dijo

Hei, muy cierto todo eso que escribes. Me repatea que siempre se den coincidencias tan topicas estilo " malo va a matar a bueno pero se dedica a contarle todo el plan y justo cuando va a disparar llega el otro y le salva ".

Has nombrado posiblemente al maestro de las coincidencias, Hitch. Me parece que sus pelis tiene un monton. Pero quizás la que más destaco es en Vertigo, cuando Scottie está subiendo la escalera, persiguiendo a Madeleine, y mira para abajo y le entra el tan célebre vértigo, pero, ¿ Qué hubiera pasado si Scottie no mira y sube al campanario descubriendo todo el pastel ?...

No es cuestión de buscarle los 3 pies al gato, pero eso si, por favor, que los guionistas se las apañen un poquito mejor para eso de que se produzcan coincidencias

28 Enero 2006 | 07:13 PM

Trashi

Trashi dijo

¿Tu compañera es guionista? Porque su comentario es digno de un jefe de desarrollo. Lo peor.

9 Febrero 2006 | 06:05 AM

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No le digan a mi madre que trabajo de guionista. Ella cree que soy pianista en un burdel.




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